caminantes venezolanos

Con la entrada del coronavirus a América Latina se desplomaron las economías y cerraron las fronteras. Muchos migrantes, golpeados por el desempleo, decidieron retornar a sus países. A Venezuela regresaron más de 76 mil hasta el 18 de junio, según Migración Colombia. Lo hicieron caminando o mediante extenuantes viajes en buses. 

Solo una minoría son repatriados en vuelos humanitarios facilitados por el Plan Vuelta a la Patria, un programa gubernamental creado en 2018 por el gobernante Nicolás Maduro. A mediados de mayo, Rander Peña, viceministro para América Latina del Ministerio para las Relaciones Exteriores, dijo que se habilitaron aviones con destino a Chile, Cuba, México, Ecuador, Uruguay, Panamá, Martinica, Bonaire y República Dominicana, para el retorno de 1.148 connacionales; mientras que el sucesor de Hugo Chávez precisó que dispuso una flota de 24 aviones “para que vayan a donde haya que ir para buscar a los venezolanos que están huyendo desesperados de esos países por el coronavirus y el ‘corona-hambre”.

Pero todavía existe un número desconocido de varados en el extranjero. Desesperados, algunos, apelaron a las vigilias en embajadas venezolanas o aeropuertos internacionales; se apuntaron en listas con la esperanza de volver en aviones y otros comenzaron a caminar por carreteras latinoamericanas con destino a Venezuela como Jennifer, una mujer oriunda de Zulia, que ahora se encuentra en la desértica región chilena de Antofagasta intentando entrar a Perú por tierra para seguir una ruta que la lleve hasta su natal Maracaibo. “En pleno desierto, no nos dejan pasar… Uno aquí se muere y así te dejan, porque ni siquiera agua, nada. Lo más horrible es en la noche, que nos pega el frío”, dice.  

Sus expectativas comenzaron a desvanecerse hace unos días, justo cuando Maduro empezó a restringir el acceso por las fronteras a los migrantes que considera como “armas biológicas” en medio de la pandemia. Según el director de Migración Colombia, Juan Francisco Espinosa Palacios, en su país más de 24 mil personas esperan volver a Venezuela, aunque estima que el proceso podría demorar hasta seis meses.  

Quieren regresar a su país porque quedaron sin empleo, recursos o simplemente porque se encontraban de visita en el exterior. Cualquiera de los motivos su deseo es volver a casa. 

Vuelos suspendidos

En Venezuela, los vuelos comerciales están suspendidos por orden del Instituto de Aeronáutica Civil (INAC) desde mediados de marzo por la pandemia de la COVID-19. El programa Vuelta a la Patria, que desde su inicio y hasta febrero trajo a más de 17 mil venezolanos a su tierra, ahora no parece una alternativa.

Más de 1.200 connacionales permanecen varados en Argentina; unos 700 en Chile y otros 320 en Panamá; sin contar otros no registrados en listados o agrupados en decenas de países. Muchos solo piden que se deje aterrizar a aviones de aerolíneas privadas, como Copa Airlines, en el aeropuerto internacional Simón Bolívar, en La Guaira, para salir del limbo que afrontan por la pandemia.     

Pero coordinar el amparo de estas personas se avizora como una misión cuesta arriba. Maduro no tiene buenas relaciones con la mayoría de los presidentes en América y Europa. Sus embajadores tampoco alcanzan a ofrecer planes a los varados. Oliver Díaz, un tachirense que emigró a Ecuador, recuerda que en el Consulado venezolano en Quito no consiguió una respuesta positiva después de pernoctar varios días frente al edificio donde está la sede diplomática. “El cónsul nos dijo que no somos su obligación, que así cómo salimos del país, que así mismo, busquemos una solución para devolvernos”, recuerda.  

Las restricciones impuestas por cada país son otro factor que aleja la fecha de retorno. En Colombia, por ejemplo, el presidente Iván Duque prohibió el ingreso de personas procedentes del extranjero por las fronteras terrestres desde el 19 de marzo. Inicialmente, la medida tenía una vigencia de 30 días, pero tres meses se mantiene, al igual que la reactivación de vuelos. Ningún país, a menos latinoamericano, tiene certeza de cuándo operarán con normalidad sus aeropuertos.    

Varados, historias de quienes esperan volver

Javier Fuentes, Argentina

“Cuando estaba en el Aeropuerto de Ezeiza y no pude salir, se me derrumbó el mundo. No podía pensar. Estuve medio día allí sin saber qué hacer, a quién acudir, con quién hablar. La línea aérea no me daba respuesta. Vine a Buenos Aires en diciembre, de turismo, y tenía mi vuelo de regreso con Latam el 16 de marzo, primero hasta Bogotá y allí tenía la conexión a Maiquetía con otra aerolínea. Hice el check in, me recibieron las maletas y 15 minutos antes de abordar me notificaron que no podía subirme al avión, porque en Colombia solo estaban dejando a entrar a ciudadanos de allá y residentes. Les pedí, les supliqué, que me dejaran abordar, porque yo no iba a salir del aeropuerto sino a tomar un vuelo a Caracas, y me dijeron que no. Hice que se retrasara el avión para recuperar mis maletas, y me encontré en un país totalmente desconocido. Pasé esa noche en el aeropuerto, estaba paralizado, al mediodía del 17 regresé al apartamento que estaba alquilando antes, en el que aún me quedaban 10 días de hospedaje. Creí que en dos semanas esta situación podría estar resuelta, y ya vamos por tres meses, con la suerte de quien me alquila me ha permitido quedarme durante la cuarentena. 

Me dirigí a la Embajada de Venezuela, me dijeron que les mandara un correo y planteara mi caso, ellos debían esperar indicaciones de Caracas. Desde ese día aguardo por un vuelo humanitario. Escribí también a las cuentas de Instagram y Twitter de la embajada y allí nos empezamos a encontrar todos los que estábamos pasando por lo mismo. Somos 370 personas que teníamos pasaje de regreso comprado, creamos un grupo de Whatsapp, nos organizamos, abrimos la cuenta @vzlanos_varados_en_argentina. Pero, somos más, hay migrantes, gente que quedó en situación de vulnerabilidad, que perdieron el trabajo, que entregaron sus viviendas, algunos viven en iglesias, otros en refugios.

Soy paciente diabético e hipertenso. Uno empieza a desarrollar el instinto de supervivencia. Como no recibí ninguna respuesta de la representación diplomática del gobierno oficialista, contacté por Instagram a la representante del gobierno interino. Elisa Trotta me contestó, me puso en contacto con la OIM y la Cruz Roja Argentina; ellos me ayudaron con alimentos y artículos de higiene y limpieza. Con las medicinas me ayudó primero la Conferencia Episcopal de Argentina y luego la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé.

No tengo recursos para seguir aquí, agoté mi presupuesto. Soy administrador y ahora estoy desempleado. Estaba dispuesto a lavar platos o baños en Buenos Aires pero tampoco se consigue nada en medio de esta situación.

Esto me ha servido para darme cuenta de la fortaleza que uno puede desarrollar, estoy solo, sin familia, hay momentos de depresión, de golpe psicológico. Estamos desamparados en una situación vulnerable. No soy pesimista, pero veo las noticias en Buenos Aires y el número de contagiados va en aumento”. 

Dayana Romero, Panamá

“Si esto sigue me voy a quedar en la calle. No voy a tener ni siquiera para comer. Salgo solo una vez al mes y es a comprar comida. Hago un menú y los alimentos deben durar 30 días. Ahora como solamente dos veces al día. Me pega la ansiedad, he bajado de peso, me enfermé del estómago. Llegué a Panamá el 8 de marzo y tenía mi pasaje de retorno para el 5 de abril. Vine tranquila, en los medios no decían nada sobre la pandemia, de saber que los aeropuertos iban a cerrar tan bruscamente me hubiese ido antes. El primer caso en Panamá se registró el 9 de marzo y suspendieron los vuelos internacionales el 22. En Venezuela el primer caso fue el 13 y cerraron el espacio aéreo el 17.

Mi trabajo es viajando, vine aquí a buscar un dinero que me debían. En ese momento no me preocupó tanto el retorno porque pensaba que para mi fecha de mi vuelo ya todo habría mejorado; pero pasó ese día y comencé a desesperarme. Un grupo se dirigió a la Embajada de Venezuela y empezamos a organizarnos. Hicimos el grupo de Whatsapp, la cuenta de Instragram @venezolanosvaradosenpanama; estoy inscrita en el censo que organizó la Embajada de Venezuela en Panamá. Somos 320 personas pidiendo regresar al país, de los cuales 115 teníamos un pasaje. Hay otros que se quedaron sin trabajo y quieren regresar. Las aerolíneas nos dicen que están sujetas a las decisiones de cada gobierno. La suspensión de los vuelos internacionales era hasta el 22 de junio, y ya informaron que se extenderá un mes más. Mientras el número de casos de coronavirus se eleva, un día fueron 744, al otro 800. 

Estoy sola, no tengo familia en Panamá, vivo en un monoambiente, sin televisión, y eso ha hecho más insoportable todo. El teléfono se ha convertido en mi único entretenimiento. El alquiler es de $120 mensuales; yo había cancelado el primer mes y ahora tengo una deuda de $240, porque se aprobó una moratoria en el pago; pero no estoy produciendo dinero, no tengo para pagar. Me da miedo quedarme en la calle. No voy a tener ni siquiera para comer. Espero que se abra la posibilidad de un albergue, yo me iría. Siento que todos los que estamos en esta situación vamos a caer uno por uno y va a llegar un momento en que todos vamos a estar en la calle.

Sobre la posibilidad de un vuelo humanitario, nos dijeron que está aprobado desde marzo, pero sin fecha. Tiene mucho peso en esa decisión el número de contagios que haya, temen que nosotros llevemos la enfermedad a Venezuela; por eso no entiendo por qué si dejan entrar a los que van por tierra y a nosotros no, que estamos sanos y llevamos todos estos días encerrados. Nunca pensé verme envuelta en una situación como está, tenemos un pasaje, no vivíamos acá, no salimos de Venezuela a quedarnos en otro país, y los que sí lo hicieron también tienen derecho a entrar. Qué pasa. Por qué nos niegan la entrada. Me siento olvidada, como que no nos quieren. Es una decepción. Le escribo siempre por redes sociales a Maduro, a Arreaza a Delcy Rodríguez, a Conviasa, a todos. Ojalá nos lean y se les ablande el corazón”.

Yennifer De Souza, Chile

“Soy maracucha, varada en Antofagasta. Es como un desierto, en el día hace calor y en las noches mucho frío. Llegué hace unos días, acompañada de otros venezolanos, provenientes de Santiago. Queremos pasar a la región de Arica, con el plan de cruzar la frontera hacia Perú y así, de país en país, llegar a nuestra tierra. Solo pienso en estar con mi hijo, mamá y abuela. Tengo casi tres años sin verlos, porque salí sin él en 2017. No quise traer a mi hijo conmigo hasta encontrar estabilidad.

Yo decidí emigrar cuando comenzaron los apagones fuertes en Maracaibo. Me gradué de TSU en administración de empresas. Pero en los últimos ocho meses, en Zulia, trabajé como cajera en una panadería. Todo era difícil. Se iba la luz muchas veces. ¿Cómo podía cobrar con una tarjeta electrónica a un cliente? ¿Cómo podíamos dar y recibir dinero en efectivo? No había electricidad, el dinero en efectivo escaseaba y se tenía que comprar. Con tanto contratiempo me endeudé, pedí dinero prestado a mi papá, y compré un pasaje para viajar en autobús hasta Perú. No lo hice sola, llevaba a dos sobrinas conmigo. Mi hermana, en Lima, me recibió. Yo le llevé a sus hijas. Cuando llegué a esa ciudad conseguí trabajo en un restaurante. No me gustó, un día un hombre quiso sobrepasarse. Un tiempo después conocí a un venezolano, un merideño, y nos hicimos pareja. En 2018, ambos nos vinimos a Chile. Llegamos en pleno frío, dormimos dos noches en la calle, porque no sabíamos lo difícil de rentar una pieza. Después, al tercer día establecidos en una habitación, encontré un empleo como reponedora en un mall chino, donde estuve hasta que llegó el coronavirus. Todo cerró, yo decidí no continuar aquí. Por eso, el Día de las Madres, me fui al Consulado, puse un cartón en el piso, y dormí ahí, helandome. Queríamos ser vistos, que nos solucionaran. Nunca hubo un vuelo para nosotros. Por eso, comenzamos a caminar, viajar en buses, y ahora intentamos llegar, pasar las fronteras”.

Oliver Díaz, Ecuador

“Nací y crecí en Táchira. Siempre fui apegado a mi mamá, que se quedó en Venezuela, y por quien todavía velo. Yo trabajaba barriendo calles, plazas, para una alcaldía. Así conocí a mi pareja, que vendía caramelos y otras chucherías, alquilando teléfonos para llamadas, en una placita. No ganábamos mucho, pero comíamos y eso importaba. Pero cada vez se hizo más difícil tener un salario digno. De hecho, mi sueldo no alcanzaba ni para una sola comida. Me dejé llevar por un primo, que estaba en Ecuador, y me dijo que me viniera, que él me tenía un trabajo. Me aventuré y viajé en bus hasta Quito, en 2017. Al llegar, no fue así. No tenía un empleo. Pasé días buscando uno, pero solo encontré como parquero en las afueras de un restaurante. Estuve ahí, vendiendo además cigarrillos, hasta que el dueño decidió cerrar por el coronavirus. Desempleado, con mi esposa y nuestro hijo, decidí instalarme con otros venezolanos en el Consulado. Dormí durante noches ahí, tratando de que nos consideraran para regresar a nuestro país. Eso nunca pasó. En cambio, pusieron una reja en el edificio y nos ordenaron desalojar.

Hoy, estoy del timbo al tambo con mi familia, preocupado por mi mamá. Un día dormimos en un sitio, luego en otro. Mi esposa tiene una hemiplejia severa en el lado izquierdo de su cuerpo, lo cual le genera dolores y entumecimiento de un brazo, provocado por una mala praxis el día que dio a luz a su primer hijo. Cuando veo todo lo que nos está pasando me entristezco. Ni siquiera puedo salir a practicar deportes, baloncesto, que era mi pasión y lo que tantas alegrías me dio en mi juventud, cuando gané medallas que están en mi casa, en Venezuela, y que quiero volver a ver”.