Caminantes venezolanos

La pandemia no ha dado tregua económica a casi a nadie, eso incluye a los migrantes venezolanos repartidos por toda Suramérica. Desde Chile, Perú, Ecuador y Colombia salen huyendo por la imposibilidad de trabajar para poder sobrevivir. Pero a la dureza de la decisión del retorno, se suman las penurias de un momento crucial: la larga espera en la frontera con Colombia para poder entrar a su propio territorio.

Después de superar viajes inclementes, los venezolanos se encuentran con las limitaciones de su propio gobierno: regular la entrada de connacionales a su país natal. Primero, estuvieron desamparados en las adyacencias del Puente Internacional Simón Bolívar. Pero, recientemente, se habilitó una Estación Sanitaria Transitoria en Tienditas, dentro del municipio San José de Cúcuta, donde pernoctan con mejores condiciones de hospedaje, alimentación y seguridad. 

Atravesando países a pie 

María y Juan* no aguantaron la asfixia económica causada por la pandemia. Tuvieron que salir de Perú el 27 de abril, junto a sus tres hijos. Ellos estaban conscientes de las medidas de la cuarentena y las consecuentes restricciones de movilidad, pero también de su necesidad de llegar a un resguardo seguro, que no veían en otro lugar sino en su Venezuela natal.

Caminatas extenuantes, uno que otro aventón fueron las únicas posibilidades para poder moverse a través de las carreteras de Perú, Ecuador y Colombia, incluyendo los pasos ilegales. 

Durante el recorrido se encontraron con personas que quisieron aprovecharse de su necesidad de avanzar, como algunos camioneros –llamados coloquialmente “muleros” en Colombia– quienes cobran cuantiosas sumas de dinero por trasladar a migrantes en sus vehículos de carga, aun en condiciones peligrosas e inadecuadas. 

A la deriva en La Parada

34 días después, María y Juan, junto a sus niños, llegaron a La Parada, municipio que alberga la última frontera que los separaba de su tierra nativa, el límite que separa al venezolano estado Táchira del departamento colombiano del Norte de Santander.

Después del 14 de marzo, cuando cerraron la frontera por la pandemia, a estos lugares no han parado de llegar migrantes que necesitan retornar a Venezuela. Por eso, las penurias de María y Juan no acabaron allí: pisar su suelo nativo fue un deseo difícil de cumplir. 

El martes 2 de junio realizaron uno de los varios intentos. Apostados junto a centenares de migrantes más, María y sus niños esperaron en una cola para poder subirse a un camión que los llevaría hasta el puente Simón Bolívar, pero el desorden y los forcejeos no se lo permitieron. La decepción empeoró al sentir que a una de sus niñas la habían golpeado en la cabeza en medio del galimatías. Ese día, Venezuela recibió muy pocos connacionales, la gran mayoría siguió esperando. 

El hambre de todos se palpaba en el lugar cuando una que otra vez llegaban ayudas de organizaciones religiosas para repartir platos de comida, pero no era seguro todo el tiempo, ni tampoco suficiente.

En La Parada, migrantes retornados cuidaban durante día y noche los lugares de la fila.

Mantener el distanciamiento o perder un lugar en la fila

A los migrantes les tocó esperar sobre el asfalto. Los límites están marcados por unas vallas blancas identificadas por Migración Colombia. El objetivo de los retornados es atravesar esas rejas, quien las supere, está seguro de que podrá entrar a Venezuela. Resultaba imposible mantener el distanciamiento físico, primaba cuidar el lugar que correspondía en la cola. Cada día con su sol y calor, cada noche con su luna y su frío, tuvieron que aguantar los venezolanos, quienes para intentar guarecerse construyeron con sacos, sábanas y plásticos unas carpas rudimentarias. 

La entrada al baño costaba, como mínimo, mil pesos. Además, proliferaban compradores bajo la modalidad de remate: así muchos se quedaron sin relojes, celulares, y varias mujeres, hasta sin parte de su cabello, cuando no todo.

“Me veo en medio de más de mil personas juntas, sin opción a esquivarlos, me toca arriesgarme, que Dios me proteja, nos toca dormir a todos juntos, tratando de cuidarnos, y no sabemos si alguien viene con el virus”; esos, entre tantos, eran los temores de María.

Pero ese pedazo de historia angustiosa de esta familia, al menos en La Parada, tuvo final el miércoles 3 de junio, cuando lograron cruzar hacia Venezuela. 

El secretario de Fronteras del departamento Norte de Santander, Víctor Bautista, señalaba que el problema del represamiento surgió cuando Venezuela disminuyó sus cuotas de entrada de connacionales. En este sentido, las tres formas de llegar a la frontera son los buses coordinados por el Gobierno Nacional a través de Migración Colombia, los transportes irregulares no autorizados, y a pie. Por eso, Bautista insistía en la necesidad de apuntar “a la corresponsabilidad de todos, incluso de las otras regiones”.  

Segundos antes de pasar las vallas blancas para entrar a su tierra, María suspiró, miró al cielo exclamó con voz de profeta: “Si yo me voy hoy, todavía aquí van a quedar muchas personas que necesitan la ayuda que nosotros no tuvimos. Yo pido una ayuda para ellos; muchos no han podido salir del lugar a donde migraron, pero van a tener que hacerlo. Solo queremos llegar a nuestras casas en Venezuela”.

Y la ayuda llegó: el campamento temporal de Tienditas

Si bien los organismos de cooperación internacional no promueven ni alientan los retornos de migrantes en condiciones no seguras, en Tienditas parece prevalecer la necesidad de atender uno de los principales mandatos del trabajo humanitario: mitigar el sufrimiento humano. 

Desde el contexto de la crisis de represamiento en La Parada, Oscar Calderón, director para América Latina y el Caribe del Servicio Jesuita para los Refugiados (SJR), explicaba que era imprevisible que el fenómeno del retorno de migrantes venezolanos alcanzara tales dimensiones. El también profesor universitario, describe que el retorno de los migrantes venezolanos a su país, no necesariamente parte de una voluntad cualificada, y lo ejemplifica con el decir de muchos: “Es que yo no quiero volver a Venezuela, pero es la única opción que tengo”. 

El 13 de junio se dio un paso para concretar una de las soluciones al problema de salud pública que estaba generando el represamiento de La Parada. Se hizo tangible la Estación Sanitaria Transitoria, ubicada en Tienditas. El 15 de junio fueron trasladados poco menos de 500 personas desde La Parada.

La vida dentro de las carpas

Los pilares que sostienen las carpas son tubos recubiertos por plásticos que fungen como paredes, cada una está identificada con una letra y un número. En su interior se disponen unas cuantas colchonetas, no muy gruesas, pero sí capaces de amortiguar el descanso. 

Cuando llueve no se mojan, pero cuando el sol se enardece, aprieta el calor. Allí mismo pueden mantener sus pertenencias, incluso pueden lavar su ropa y la cuelgan en algunos cordones que ayudan a sujetar las cubiertas. El campamento cuenta con baños para hombres y mujeres, y cada ducha se aconseja no mayor a cinco minutos.

El llamado para las comidas se hace mediante un megáfono, y de manera sectorizada, para evitar las aglomeraciones en los sitios donde se proporcionan los alimentos. 

Lucy siente que en Tienditas “dan la comida muy tarde y muy poquita, pero ni pensar en comprarla, no tenemos dinero, pero aquí es mucho mejor, aunque no me llenan el estómago, me siento más segura, no tengo temor por las maletas. Además, aquí tenemos duchas gratis, en La Parada había que pagar cada vez que teníamos ganas de ir al baño”. 

Los tramos que separan una carpa de la otra son amplios, por uno de estos viene Ivana cargando un tobo lleno de agua, se detiene en la entrada de su toldo y empieza a remojar las sábanas de su hija y se agacha para restregar con trozo de jabón azul que apenas hace espuma.

Ivana calcula que el viaje les tomó alrededor de un mes, a pie, y en algunas colas cortas. Desde que empezó la pandemia no hubo más qué hacer y las dificultades crecieron. 

Para hablar de lo que más recuerda de esta experiencia, saca sus manos del agua jabonosa y las mueve empapadas en forma envolvente, así evoca conmovida su paso por el páramo, cuando tuvo que arropar con todas las sábanas que tenía a la mano a su hija, “pero pasamos, ella es tranquilita, no lloró, ni nada”.  

A lo largo de todo este viaje de retorno, el lugar donde mejor se ha sentido Ivana ha sido en Tienditas. 

En los alrededores de las carpas, los venezolanos se acicalan mientras transcurre la espera.

A lo lejos se escucha vocear: “A tres mil el corte”. Se trata de un barbero ofreciendo sus servicios, alerta que ya tiene dos clientes en espera. Debajo de una de las pocas sombras de toda el área, allí se dispuso con su máquina de afeitar: “Ellos quieren llegar bien chéveres a sus casas, después de pasar por tanto”. 

Y sí, los relatos de quienes retornan traen un profundo cansancio, muchos suman también el peso de las frustraciones, pero –como comparte el barbero– buscan animarse y sentirse bien.  

*Algunos nombres de las fuentes testimoniales fueron cambiados por petición de ellos mismos.