Hasta hace dos años la tizana era, después de la arepa, lo más conocido de la gastronomía venezolana en Perú. Pero, a pesar de que en Perú se podían conseguir todos los ingredientes para la bebida, el sabor no era igual y las condiciones climatológicas tampoco ayudaban para su preservación. Por ello, muchos de los comerciantes ambulantes migraron a la chicha venezolana.

Uno de ellos fue Ever Arteaga, un joven migrante oriundo de Barquisimeto, que se asoció con un amigo para la elaboración de esta bebida que a muchos les recuerda su vida estudiantil, pues los puntos de venta estaban casi siempre ubicados a la salida del colegio o la universidad.

El sabor del recuerdo

Apelando a esa añoranza, Arteaga y su socio vieron la oportunidad de devolver a sus connacionales en Perú la posibilidad de viajar en el tiempo a través del dulce sabor. Esta chicha tiene una particularidad y es que la prepara un caraqueño que emula el sabor de El Hatillo.

De hecho, en el coche de supermercado donde pasea los bidones, se lee claramente de donde procede la inspiración para la preparación “Chicha Venezolana, original de El Hatillo”.

Con esos elementos distintivos, Ever recorre algunas calles de Lima y Callao para reencontrarse con sus clientes de siempre, quienes aprovechan la oportunidad para refrescarse un rato.

Ever inicia su jornada al mediodía, una vez su socio termina la preparación. Camina parte de la avenida Canta Callao en el distrito de San Martín de Porres hasta la avenida Faucett, en el vecino distrito del Callao. Se pasea por algunos mercados y al final de la jornada termina vendiendo de 50 a 60 vasos de chicha.

“El que no tomé Chicha, no es venezolano”, cuenta en tono jocoso mientras sirve un vaso frente a la Sodimac, un lugar en el que siempre lo esperan un grupo de choferes que trabajan en la zona.

“Qué rico, yo siempre que viene, le compro”, dice uno de sus clientes que no tiene pena en llamarlo a gritos cuando se pasa de largo.

Comenta que los días de más lucrativos son los fines de semana, ya que sus connacionales y hasta los peruanos no escatiman en probar lo que ofrece: “Le dicen arroz con leche helado”, dice a modo de anécdota.

El Perú también tiene una bebida con el mismo nombre. Se le conoce como chicha morada y no guarda ninguna comparación con su tocaya venezolana. Es una especie de jugo de maíz, de color morado, y se consume durante alguna comida, es dulce y algunas personas le colocan piña en su preparación.

La inestabilidad pandémica

Arteaga es uno de los tantos venezolanos que vive del día a día. Ayuda a su mamá, que sigue en Venezuela, con el fruto de su trabajo, y teme que vuelvan a decretar un confinamiento por el coronavirus.

Cuenta que la experiencia anterior fue bastante difícil y espera no tener que repartirla. Quedó endeudado y sin ahorros, después de cuatro meses de encierro.

Una de las metas de este 2021 para este migrante venezolano es regresar de visita a su tierra para reencontrarse con sus seres queridos.

No planea quedarse, pero sí pasar tiempo de calidad con los seres de quienes se separó. El plan es hacerlo en el mes de marzo, si las condiciones son seguras para no llevar el virus a su hogar.

De momento seguirá repartiendo el sabor de El Hatillo por las calles de Lima y Callao para endulzar los paladares de propios y curiosos que están prestos para disfrutar de lo mejor de la gastronomía venezolana.