Antes de la pandemia, muchos connacionales residentes en Perú planificaron su regreso a Venezuela. La razón principal detrás de la decisión fue de la decepción: llegaron durante el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski con la ilusión de progresar. El entonces presidente —junto al Congreso Nacional— abrió paso a facilidades migratorias que no bastaron para que los extranjeros se pudieran incorporar al aparato productivo o ingresar al sistema de salud.

En 2018, las cifras oficiales de Perú ya superaban el 65% de informalidad. Según las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), la tasa de empleo informal en el ámbito nacional se ubicó en  65,7% en el 2018 e igualó a la registrada en el 2017: solo en el área urbana el empleo informal creció en alrededor de 192.800 personas, un 2,3% frente al 2017.

Esa precariedad laboral se agudizó con la presencia de ciudadanos venezolanos desesperados por trabajar, quienes se vieron forzados a aceptar algunas condiciones al margen de la ley o sueldos bajos. Y según cuentan algunos de estos residentes, los empleadores las volvieron costumbre.

Después de dos años en Perú, Jorge Luis Contreras, enfermero intensivista oriundo de Táchira, vio que sus opciones para ejercer eran pocas, a pesar de su experiencia profesional. «Yo salí de Venezuela sin apostillar mis papeles, pues el gobierno de Kuczynski dijo que habría oportunidades y facilidades migratorias, pero en la práctica no fue así. En la región de Arequipa postulé a todas las clínicas que pude y todas me descartaron porque requerían los papeles apostillados. En la única que me aceptaron me querían pagar 800 soles y el salario mínimo era 930. Como era más lo que ganaba en un restaurante, no lo acepté», contó el profesional de la salud.

El plan inicial de Contreras era regresar a Venezuela en febrero, pero debió solventar situaciones familiares con los ahorros que tenía estipulados para el viaje. Esto lo llevó a reprogramar su partida para abril-mayo, justo cuando inició la cuarentena social. Como enfermero apoya las medidas de protección tomadas por el gobierno, pero como ciudadano migrante y cabeza de familia vive la zozobra de no saber qué pasará después: «Tengo un niño pequeño, también tengo que pagar alquiler, comida. ¿Cómo lo haré?».

William Ortega, mecánico de profesión y oriundo de Barinas, también es residente de la región de Arequipa. Él como cientos de venezolanos llegó al Perú con la voluntad de ganarse la vida en su oficio. Pero, como relata, se quisieron aprovechar de su condición de extranjero: «Estuve en varios lugares y no me querían pagar lo que valía mi trabajo. Algunos empleadores me llegaron a decir que tenía que aceptar lo que me dieran».

Luego de que su experiencia no fuese valorada y tampoco remunerado como correspondía, decidió comenzar en un puesto de venta de alimentos. «Todo iba bien, estaba reuniendo para regresar a Venezuela en mayo, pero comenzó la cuarentena. Ahora todo es incierto. Sin dinero para pagar alquiler y sin comida, lo único que espero es volver a mi casa en Barinas. Allá me siento seguro porque sé que nadie me sacará».

Con la esperanza de ofrecerle algo mejor a sus hijos, Saraí García y su esposo caminaron hasta Ecuador, donde recibieron apoyo para llegar a Perú. Después de año y medio, a esta familia se le complicó la situación económica tras la pandemia. La vulnerabilidad que sienten ante el panorama que proyectan, los hizo replantearse sus planes: ahora lo único que desean es volver a Barinas. 

Regresar a Venezuela por la discriminación y los apegos

Para otros migrantes la discriminación también ha incidido en la estabilidad laboral y emocional. «Aquí ya no podemos trabajar por la desconfianza que nos tienen y todo por culpa de los errores que algunos paisanos han cometido», expresa Marianni Mota. Esta ciudadana nacida en Apure tiene dos años viviendo en Perú y cuenta que no ha logrado la estabilidad económica que vino a buscar. «Como muchos venezolanos, terminé vendiendo en las calles de manera ambulante, pero la cuarentena me obligó a aislarme». Con el apoyo de la iglesia ha recibido comida, pero sabe que la ayuda es temporal y mientras los días pasen, se sigue acumulando el pago del alquiler.

Todos los consultados tienen apego con algún familiar: entre hijos, padres, primos o sobrinos, estos migrantes consideran que por difícil que sea la situación en Venezuela, al estar apoyados por la familia, pueden superar cualquier obstáculo. Es por ello que afirmaron que si van a atravesar un momento difícil, mejor que sea al lado de quienes los quieren.

«Tengo a papi enfermo allá en Venezuela; quiero verlo. Prefiero estar allá con él», manifestó Marianni Mota.

«No hay nada como estar en la tierra de uno y cerca de la gente que uno quiere. Con ellos uno de siente apoyado», agregó Wiliam Ortega.

Debido a que las fronteras están cerradas, estos ciudadanos solicitan el apoyo de las autoridades para que habiliten algún medio de transporte para llegar regresar a Venezuela. Esperan que no ser usados como carnada política para favorecer algún factor de poder en el país.