Armando cumplió este 2020 cuatro años en Medellín, Colombia. El clima y la calidez de su gente, dice, le recuerdan a Venezuela. Emigró porque a uno de sus hijos se le presentó una oferta laboral en el país vecino. Desde entonces dejó el oficio que por más de cincuenta años le dio el sustento de su hogar: la relojería.

—¡Ahora soy abuelo cuidador, a tiempo completo!, suelta jocosamente vía telefónica.

Armando se escucha enérgico, simpático y conversador. Sus hijos lo definen como un hombre paciente y puntual. Su historia luce cíclica. En su árbol genealógico destaca también el desplazamiento entre países de su familia. Aunque nació cerca de la ciudad costera de Oporto, en Portugal, a los siete años, sus padres decidieron escapar a Venezuela.

“Mi familia decidió salir de Portugal por motivos de la dictadura de António de Oliveira Salazar. Yo viví 64 años de mi vida en Venezuela y me la conozco casi toda. Lo único que me faltó fue conocer fue Margarita y el estado Bolívar”, dice con orgullo.

Se dedicó por cinco décadas al oficio de la joyería en Caracas

Desde finales  de 1940 y principios de 1950, Venezuela se ubicó en el mapa como uno de los países de mayor atracción para progresar debido al proceso de industrialización que experimentaba. En aquél tiempo arribaron españoles, italianos y portugueses, quienes huían de la crisis de la posguerra y encontraron en Venezuela una opción. Fueron millones de extranjeros que fueron a Venezuela en busca de las oportunidades que no encontraban en sus países. Armando es uno de ellos.

De los 71 años que recién cumplió, 40 años los vivió en la zona popular de Antímano. “De donde salió el sonero Oscar de León”,  presume mientras que admite disfrutar tanto de la salsa como de un bailable de Billo’s. Confiesa que, dentro de su proceso migratorio, lo que más extraña es su Caracas.

 “Yo soy muy regionalista. Tan regionalista que le voy a todos los equipos del Caracas, bien sea en beisbol o en básquet; en todo. Es más. En mi firma yo coloqué una ‘C’ y un punto refiriéndome a Caracas”, explica.

Para Armando le resulta difícil deslastrarse de sus recuerdos. “Yo extraño todo. Caracas es el amor de mi vida. Yo adoro esa ciudad. Extraño mi Plaza Bolívar. Esa fue mi plaza por muchos años, en la joyería La Francia”, rememora.

Aunque salió del país por el contexto social y político, advierte que, de darse un cambio, estaría dispuesto a regresar a Venezuela con su hijo.

Armando vive actualmente con su hijo y uno de sus nietos, en Medellín.

Una tristeza exacerbada

La psicóloga venezolana, con diez años de residencia en Colombia, Ana Carolina Calvo explica que la mayoría de los casos que ha trabajado de los adultos mayores migrantes en Colombia refieren a una migración forzada por lo que advierte se exacerban una serie de emociones como el miedo y la tristeza.

“Es duro. Por muchos motivos y razones. Porque esas raíces que uno tiene son muy difíciles de cortar. El corazón se me pone chiquito. Puede que tenga un poco de tristeza, pero la soledad no me pega. Yo soy amigo de la soledad. Entonces ni modo, cuando me pongo triste, toca pasar el trago amargo”, confiesa Armando, a quien le tocó lidiar años atrás con un divorcio y luego con la muerte de su excompañera.

Nació en Portugal pero vivió desde los siete años en Venezuela

“En Venezuela son muchos los abuelos que fueron migrantes. Hay muchos que no son venezolanos natos. Nosotros en Colombia pensamos que porque somos vecinos es lo mismo. Realmente nos parecemos mucho, pero Colombia tiene otro componente cultural. Y al cambiar el componente cultural, en ese proceso de ‘aculturización’, hay un tema con la identidad. Entonces comenzamos a preguntarnos quién soy, qué le puedo aportar al nuevo lugar donde estoy y qué le puedo ofrecer al mundo. Esa es una característica del proceso migratorio”, describe Calvo.

“El adulto mayor necesita la estabilidad, requiere de la rutina, las raíces culturales son muy importantes para ellos porque es lo que marca la identidad”, agrega la psicóloga.

Una familia por el mundo

Aunque Armando tiene la dicha de compartir con su hijo y sus nietos en Medellín, señala que es a través de las redes que busca acortar las distancias no solo con su otro hijo que tiene en Venezuela sino también con su nieta mayor que está en Ecuador.

Armando cumplió 71 años recientemente y tiene tres nietos.

“La distancia hace que se preocupen más por ellos, y si alguno fallece es como si sus miedos se hicieran realidad. Ahí aparece además de la tristeza, la rabia por «no poder estar», advierte la especialista y fundadora de la iniciativa @duelocontigo.

Para la experta es fundamental que los familiares trabajen en una escucha activa e involucren a los abuelos en los desafíos propios que implica el emigrar. “Resulta pertinente entender que detrás cada abuelo hay una historia de vida con unas habilidades y unas capacidades muy potentes que lo han ayudado a llegar hasta acá. No lo menospreciemos porque lo vemos vulnerables. Más bien integrémoslos a la solución de los problemas. ‘¿Qué me sugieres?’, ‘¿Qué se te ocurre?’”, aconseja Calvo.

Actualmente Armando integra las estadísticas de casi 20.000 personas de la tercera edad venezolanos en Colombia, según cifras de Migración Colombia. Dicha cifra representaría, en estimado, cerca del 1.1 % de la población migratoria total que para finales de junio, se ubicaba en 1.748.716, según la autoridad migratoria.

Mientras que las autoridades del país vecino proyectan un éxodo mayor de niños y adultos, e incluso abuelos, luego de superar la emergencia sanitaria provocada por el coronavirus, Armando sólo sueña con volver al país que lo acogió por años y ajustar su reloj a la hora local de su tan recordada Caracas.