Ana Vanessa Marvez emigró sintiéndose derrotada. En su equipaje se coló la impotencia de sentir que en Venezuela no pudo hacer nada, desde su individualidad, para aminorar los embates de la crisis política, económica y social. Mientras viajaba hasta Santiago de Chile, y lidiaba con la sensación, se estaba convirtiendo en una integrante más de la diáspora venezolana.

Ella es caraqueña, licenciada en música y tiene un magíster en Gestión Cultural de la Universidad Central de Venezuela. Su trabajo en Caracas era como profesora musical en unos de los núcleos de El Sistema de Orquestas de Venezuela que se ubicaba en Fuerte Tiuna, el complejo militar más grande del gobierno venezolano y epicentro de las actividades castrenses del país. 

Aunque sabía que El Sistema es una institución cultural que depende directamente del Estado venezolano, discrepaba de la línea política oficial.

“Trabajaba en Fuerte Tiuna y estaba sometida a la presión política en el país. En lo que esta presión empezó a verse dentro de El Sistema, y antes de asfixiarme o que se me volara algún tapón y dijera algo que me perjudicara, decidí irme. No aguantaba la carga política. Yo quería tener hijos, hacer una familia, pero no en esa Venezuela”, relata.

Ana Vanessa describe su proceso migratorio como normal. Ella confiesa que fue afortunada desde que llegó a Chile en diciembre 2015. En dos semanas, consiguió trabajo en una academia integral de artes como empleada administrativa. 

No obstante, el sentimiento de culpa por haber migrado la acosaba. La frustración de no haber podido ayudar en su país la acompañaba, incluso, en momentos de alegría. “Yo salí de Venezuela con esa sensación de derrota, que no supe qué hacer para mejorar a mi país. Si yo hubiese encontrado la manera para saber cómo ayudar, me hubiera quedado”, reflexiona.

¡Eureka!, una orquesta de migrantes venezolanos

Cuando Ana Vanessa Marvez empezó a trabajar como empleada administrativa en la academia de artes comprendió que la suerte estaba de su lado. En menos de un mes ya gozaba de un empleo estable y estaba tramitando sus papeles para regularizar su estatus legal como venezolana migrante.

Chile es el tercer país con mayor cantidad de migrantes venezolanos en Latinoamérica. Hasta la fecha se contabilizan 472.827 criollos en esa nación, según la plataforma de monitoreo de la ONU

Mientras se adaptaba a su nueva vida en Chile, Ana Vanessa fue recibiendo poco a poco atisbos de las necesidades de otros inmigrantes venezolanos. Al caminar en las calles de Santiago observó que en algunas zonas, o en los pasillos del metro, había músicos profesionales de su país tocando a la gorra.

Esta realidad le dolió. 

Para ella, era insólito que músicos profesionales estuvieran tocando en las calles de Santiago de Chile, pero entendía que en esa nación tenían una oportunidad de mejorar su calidad de vida, lejos de la crisis de Venezuela. 

Con cada escena que se topaba, el pesimismo la pinchaba en su interior. Estaba comenzando una nueva vida arrastrando la impotencia de sentirse inútil para ayudar en Venezuela. 

El sentimiento de derrota tampoco mejoró en su trabajo. Con el pasar del tiempo empezó a recibir currículos de venezolanos buscando trabajo en la academia de arte. 

Y sucedió. Esas hojas de vida se convirtieron en el combustible necesario para que en su interior se iluminara una posible solución para mejorar la realidad de algunos músicos venezolanos en Chile. 

“Me dije en algún punto: tengo tantos curriculums de músicos venezolanos que puedo crear una orquesta. Y se me prendió un bombillo, tuve la primera idea. Me dije: ¡Puedo hacer una orquesta! Tengo los conocimientos con el magister en gestión cultural, puedo hacerlo”.

La idea de crear una agrupación musical de migrantes venezolanos en Chile ya había germinado en la mente de Ana Vanessa. Desde que tuvo su momento epifánico, se aferró a ese plan y comenzó a desarrollarlo. 

Antes de darle forma a su iniciativa, pudo contratar a un joven flautista venezolano para que diera clases en la academia de arte en la que se encontraba. En una conversación que sostuvo con él, afianzó su idea de la orquesta de migrantes.

—¿Qué te pasó? ¿Por qué tienes las manos tan maltratadas?— le preguntó al flautista después de entregarle crema para las manos y notar que las tenía moradas e hinchadas.

—Es que estoy trabajando como lavaplatos, no me dan guantes. El agua es helada y, bueno, tengo que aguantar— respondió el joven músico.

—Tienes que dejar ese trabajo, tú eres flautista, vives de tus manos— le increpó.

—Claro, Ana ¿y de qué vivo mientras tanto?—le refutó.

Ella guardó este episodio como motor para continuar con el proyecto de la orquesta de migrantes venezolanos en Chile. Organizó en su mente todo el conocimiento que había adquirido en la Universidad Central de Venezuela cuando estudió Gestión Cultural y lo plasmó en un papel.

De la idea a la orquesta 

El objetivo, más allá de organizar una orquesta de músicos venezolanos en Chile, era crear un espacio de encuentro para los jóvenes que no querían alejarse de su pasión. Con esa premisa, a mediados de 2016, escribió las bases del Proyecto de Desarrollo Social Multicultural y Educativo para el Rescate de la Comunidad Artística Migrante en Chile.

“Empiezo a agarrar esos CV y los empiezo a llamar para decirles que tenía una idea: crear una orquesta con todos ellos, sin ningún tipo de financiamiento ni pago. Mi meta era lograrlo, lograr la orquesta, la financiación. Automáticamente les pregunté si conocían a otros en la misma situación. Esos 30 CV que tenía se convirtieron en 90 y luego en más. ¡Wow eran bastantes personas interesadas!”, afirma.

El Proyecto de Desarrollo Social Multicultural y Educativo para el Rescate de la Comunidad Artística Migrante en Chile se fundamentó en dos pilares: la educación musical y la ejecución musical. 

Con tan solo seis meses residenciada en Chile empezó a buscar en instituciones públicas y privadas espacios para que los músicos pudieran dar clases y practicar sus habilidades. Su jefe fue el único que accedió a alquilarle un espacio para que comezaran las actividades del proyecto musical.

“Para la primera convocatoria me hice unos pequeños volantes, los hice yo misma, me fui a puertas de iglesias que tienen feligreses venezolanos y los invité a inscribirse a un programa piloto de este proyecto con el nombre Orquesta Infantil de Venezolanos en Chile”, recuerda.

Ana se concentró en “crear la fuente de trabajo” que permitiría que los jóvenes profesionales pudieran tener algún tipo de ingreso con sus conocimientos musicales. 

Las clases que estaban impartiendo no se limitaron solo a los venezolanos. Lo multicultural de su iniciativa se evidenció cuando en la nómina de estudiantes empezaron a registrarse nacionalidades de Perú, Chile, Ecuador y China. 

“Nos dimos cuenta por la cantidad de solicitudes y los bajos costos que cobramos, que el precio era  50% menor a lo que cuesta en las escuelas privadas de Chile, para tratar de darle el enfoque social que tenemos bien aprendido los músicos venezolanos”, comenta.

A los tres meses de haber iniciado las actividades de la Orquesta Infantil de Venezolanos en Chile, los músicos profesionales le preguntaron a Ana cuándo funcionaría el pilar de la ejecución musical. 

A ellos no les importaba que todavía no existiera el financiamiento, necesitaban un espacio para reencontrarse con su esencia: ser músicos.

En julio de 2017 hizo la primera convocatoria. El primer ensayo agrupó a 13 músicos, el segundo 30 y el tercero casi 90. En menos de una semana, el sueño de la orquesta de músicos venezolanos en Chile ya estaba tomando forma.

“Todo el que llegó, lo hizo con una historia distinta, una realidad diferente, historias diferentes. Se convirtió en un centro de rehabilitación musical, porque el reencontrarse con la música fue como volver a nacer, volver a respirar. Nos dio la fuerza a muchos, para continuar luchando para tratar de insertarnos en el país, porque ahora teníamos este espacio para reencontrarnos”, comparte Ana sonriendo.

Después de la primera semana de ensayo, la orquesta de músicos migrantes venezolanos en Chile ya tenían su primer concierto agendado. Y con esa presentación empezaron a abrirse las puertas de nuevas oportunidades.

Durante 2017, en menos de un año de funcionamiento, la idea de Ana contaba con dos núcleos de educación musical, una Orquesta de Músicos Venezolanos Radicados en Chile y el Coro Polifónico.

Sellos de calidad

Actualmente la idea de Ana Vanessa se transformó en la Fundación Música para la Integración, una organización que sigue basando sus actividades en los pilares de educación y ejecución musical.

En su búsqueda de financiamiento durante el primer año de funcionamiento, el proyecto de Ana contó con el respaldo de la Unesco. Aunque ninguna institución pública o privada los apoyó, lograron que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura les permitiera utilizar su logo como aval de la calidad que ofrecía la propuesta musical.

“Estamos hablando de una institución internacional que nos daba a nosotros la credibilidad de que lo que estábamos haciendo era lo correcto”, afirma. 

Posteriormente, la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile (FOJI) comienza a seguir las actividades de la Fundación Música para la Integración. La organización que fundó Ana Vanessa trascendió y la FOJI los incluyó en su directorio de Orquestas reconocidas en Chile. 

«En 2018 logramos una amistad importante de la FOJI quienes nos ayudan prestándonos espacios. Quizás al principio era muy difícil lograr su apoyo, pero luego de institucionalizarnos y de haber realizado bastantes actividades, allí como que vieron: esta gente va en serio y muy amablemente empezaron a abrirse puertas del gran Sistema de Orquesta de Chile…nos empezaron a invitar”, explica.

Para 2019 el reconocimiento que logró la Fundación Música para la Integración con la Unesco y la FOJI les permitió estrechar vínculos con centros culturales chilenos, y dos grandes empresas: Telefónica y CorpArtes, el Centro Cultural del banco Corpbanca.

A medida que siguieron con sus actividades, el ministerio de cultura chileno también los invitó a participar en sus eventos. Por último, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) de Chile comenzó a apoyar a la Fundación Música para la Integración.

“Acnur Chile nos conoce. Ya en ese momento estaba el proyecto de Latin Vox sonando en Argentina y dijeron que se les parecía. Y con el tiempo nos empezaron a apoyar también como lo hicieron con Latin Vox en Argentina”, recuerda.

Aunque actualmente no todos los integrantes de la Fundación cuentan con un trabajo formal en el área musical, Ana precisa que en estos tres años de funcionamiento la inserción laboral ha mejorado. “De un 0,5% de músicos con empleo en el área musical cuando inició, en este momento puedo decir que hay 5% con trabajo formal”, afirma.

Maestros musicales

La Fundación Música para la Integración no es el único lugar que agrupa al talento profesional venezolano. Hay instituciones públicas y privadas que les han abierto las puertas a otros músicos, como a Desirée Baloa y a Juan Carlos Pineda para que se desarrollen como docentes.

Desirée Baloa llegó a Chile en 2018. Ella es caraqueña y fagotista del Sistema de Orquesta venezolano. Tuvo la oportunidad de participar en 13 giras internacionales. Uno de los motivos por los que escogió Chile fue por la inclusión que se estaba dando con los músicos venezolanos en ese país.

“Cuando estaba pensando en salir del país, estaba nerviosa y triste. Pero conseguí una publicación de la Fundación Música para la Integración y pregunté. Me dijeron que en lo que llegara los buscara, me dio mucha ilusión (…) Me traje mi fagot como equipaje de mano y cuando llegué, una de las primeras cosas que hice fue buscar para ir con ellos, y me recibieron súper bien”, comparte Desirée.

Después de ese primer encuentro con Música para la Integración, la fagotista pudo insertarse en el mercado laboral musical chileno como maestra. Además de sus actividades en la fundación, ella actualmente es docente de dos instituciones culturales públicas: la Orquesta Sinfónica de Santo Domingo, en la Región de Valparaíso y en la Orquesta Sinfónica Juvenil de Lo Barnechea, de la Región Metropolitana.

“Antes de venir para acá, nunca pensé en dar clases y ahora me da mucha alegría ver cómo los niños van creciendo y mejorando con mucha ilusión y saber que uno es parte de ese proceso”, expresa.

El trujillano Juan Carlos Pineda, conocido como “Tito”, también es otro ejemplo de cómo en Chile aprovechan el talento venezolano para sus mallas curriculares de enseñanza. Aunque él no formó parte de El Sistema de Orquesta Venezolano, se profesionalizó en música tocando el bajo en el estado Lara.

Desde el 5 de marzo de 2018, “Tito” es parte de un proyecto educacional en el colegio Francisco Valera, ubicado en el área metropolitana de Santiago. Allí, comparte sus metodologías en la cátedra Música del mundo, de la que está a cargo.

“Implementé una sala de música, que ya estaba construida, y es una sala en donde los instrumentos están alrededor de los alumnos. Luego, organizo cada curso como una banda de música. Ha sido una revolución este sistema de enseñanza porque ellos aprenden el lenguaje de la música con el instrumento que les gusta. La música es desarrollada desde sus intereses”, explica Pineda.

Transformación educativa y cultural

A juicio de Ana Vanessa Marvez, la migración venezolana ha transformado paulatinamente la concepción que tenía la población chilena sobre los migrantes. Ella intuía que los chilenos esperaban que los músicos venezolanos prosperaran, pese a que reconocían su talento por haberse formado en El Sistema de Orquesta.

“Ha cambiado la percepción del venezolano. Hoy en día los chilenos son los que quieren tocar con nosotros. Hemos logrado nuestro lugar en Chile con nuestro trabajo, con mucha humildad”, asevera.

La fundación ha complementado, de a poco, las políticas públicas chilenas sobre la educación musical. Para Ana, el enfoque de inclusión de El Sistema venezolano ha calado en la sociedad chilena.

“¿Qué ha cambiado últimamente? El sistema chileno se ha dado cuenta. En los niveles de niños se han abierto más, están abriendo muchas otras orquestas, están dando becas también”, asegura.

Música para la Integración es una fundación que ha permitido visibilizar el talento de los venezolanos en Chile. El trabajo que realizan desde 2017, se ha orientado a impulsar la cultura en Chile desde la educación y la ejecución musical.

Además, esa fundación se convirtió en el proyecto de vida de Ana Vanessa Marvez. Tres años después superó su sentimiento de frustración. Entendió que su proyecto ahora es el eje de otros migrantes venezolanos que, como ella, buscaban mejorar su calidad de vida en Chile. 

La Fundación Música para la integración cuenta ahora con 5 núcleos de enseñanza musical, una orquesta profesional, dos orquestas infantiles, un coro polifónico y 4 compañías artísticas que integran la música y la actuación.

Ana Vanessa ya no se siente derrotada, al contrario, siente que ganó una nueva familia.

“Encontré mi lugar en el mundo. Siento que había algo que me trajo hasta Chile. Encontré mi razón de vida, de ser: generar los espacios culturales y ayudar a enseñar música”.