Puente Simón Bolívar
SCHNEYDER MENDOZA / AFP

Mercedes apenas lleva un par de días en su casa, en Caracas. Estuvo separada de su familia poco más de seis meses, debido a la pandemia del coronavirus. El 9 de marzo de este año, ella salió de Maiquetía rumbo a Bogotá para tramitar la renovación de su visa americana, en la sede de la embajada de EE.UU. en la capital colombiana. Tomó esa decisión porque desde el 11 de marzo de 2019, el Departamento de Estado americano anunció la suspensión temporal de las operaciones de la Embajada de EE.UU. en Caracas y el retiro de su personal diplomático.

Su viaje sería corto. O al menos, así lo pensaba. Mercedes estaba urgida: debía tramitar su documento para poder acompañar a su esposo, quien sería operado en mayo de ese año de tres hernias gastroencefálicas. La operación debía realizarse en Washington porque en Venezuela no había personal experto, según le explicaron.

“El 12 de marzo fue el día más alegre y el más infeliz de mi vida. Fue una dicotomía de emociones. Ese día fue mi cita en la embajada estadounidense y yo salí de ahí feliz porque me habían aprobado la visa. Decidí ir a un centro comercial para tomar un café. Estando ahí me llegó un mensaje con lo del cierre de los vuelos. Yo lo que hice fue sentarme a llorar”, recuerda.

Tenía fecha de retorno para el 21 de marzo, pero su boleto había quedado sin efecto. Por fortuna, como cuenta, un sobrino en Bogotá decidió hacerse cargo de ella. No solo le dio techo y comida, sino también ropa y compañía.

Tras seis meses de espera para la aprobación de un vuelo de carácter humanitario que no se concretó, Mercedes optó por retornar por sus propios medios. Decisión que, a sus casi 60 años, reconoce riesgosa. Además, las fronteras permanecen cerradas, en principio hasta el 30 de septiembre. Los vuelos aéreos internacionales comerciales aunque fueron retomados de forma gradual desde principios del mes, aún no precisan la incorporación de Venezuela a las rutas.

Desde el 20 de septiembre, cuando retornó a casa, Mercedes forma parte de un subregistro de al menos 110.000 venezolanos retornados desde Colombia.

La necesidad de unos, el lucro de otros

Mercedes, como varios, se vio obligada a reunir más de 1.000 dólares para garantizar un regreso inmediato. El viaje implicaría un tramo aéreo y otro vía terrestre, desde Bogotá hasta Cúcuta. Explica que, pese a la complejidad del momento, hay quienes en medio de la emergencia sanitaria se lucran de la necesidad de los venezolanos.

Actualmente existen quienes se dedican a organizar el retorno de varios venezolanos por los caminos irregulares: al menos 150.000 pesos, que equivalen a unos 40 dólares, aproximadamente, cuesta el retorno por tierra de Bogotá hasta La Parada. Hay quienes, incluso, le consultan al cliente si el viaje lo desea realizar en un carro particular o si prefiere optar por un cupo de uno de los buses autorizados de Migración Colombia. Si opta por el segundo, el chofer deberá dejarlo antes de la parada oficial pues, de lo contrario, sería remitido a al albergue donde debe esperar al menos 15 días y poder cruzar la frontera antes de llegar a algún albergue en Venezuela.

También depende de si lleva consigo pasaporte o no. “El viaje en bus dura unas 18 horas. El costo del pasaje son 200 mil pesos. Si no tienes documentos, son 100 mil pesos más. Porque el chofer debe darle algo a los policías en las alcabalas por llevar a alguien indocumentado”, advierte uno de los que se dedican al negocio.

Como otros compañeros de Mercedes habían referido este servicio, ella decidió adentrarse en la travesía, pero el temor era latente.

“Claro que da miedo. Pero yo me encomendé a Dios, así como los que pasan por las trochas y por los albergues”.

 “Nosotros pasamos el Puente Simón Bolívar a las cinco de la madrugada. No le hablábamos a nadie. Esa fue la instrucción que nos dieron”, relata Mercedes quien viajó junto a otros dos venezolanos varados en Colombia que decidieron huir.

 “Una de las cosas que más me llamó la atención fue que te ofrecen pasarte en sillas de ruedas a Colombia, aún no sé por qué. Yo decía ¿por qué tantos minusválidos? Pero sí hay mucha gente que se está regresando de Venezuela. Yo vi gente, incluso, atravesando el río, debajo del puente, para ingresar a Colombia”, recuerda.

Ella asegura que no hay menos de diez alcabalas en el trayecto. Al menos 150 dólares cuesta el cruce del Puente Simón Bolívar y otros 200 dólares en promedio el carro que hace el traslado desde San Antonio de Táchira hasta la ciudad capital.

“Cuando llegué a Caracas mi esposo me buscó y me vine en el maletero. No quería ni que mis vecinos se enteraran que había regresado. Ellos sabían que estaba en Colombia, y aún no hay paso a través de las fronteras”.

“Lo primero que hice fue bañarme con manguera en el estacionamiento de mi casa para entrar totalmente limpia. Llegué directo a mi cuarto. Mis hijos no sabían que regresaba. No les quise decir para en principio darles la sorpresa, pero también por confidencialidad y para que no se hicieran expectativas, por si pasaba algo en el viaje”, explica.

Retornar y vivir el choque emocional

Aunque ya se encuentra en su hogar, permanece aislada de su esposo y sus dos hijos. “Es una cosa rara. Emocionalmente fue muy fuerte. Aún no proceso que me fui seis meses”, dice mientras confiesa su indignación con el país que ahora la recibe junto a kilométricas colas de vehículos para surtir de gasolina, las mismas que ella divisó en Táchira en su camino de regreso.

“Mis hijos no lo creían. A los segundos de verme fue que reaccionaron y dijeron: ¡No puede ser! Por supuesto, sin tocarnos, y con dos metros de distanciamiento. Yo decidí hacer una cuarentena espontánea. Mi esposo ahora duerme en otro cuarto con uno de mis hijos. Nos vemos poco en el día. Me dejan la comida en la puerta de mi cuarto”.

Mercedes asegura que, tras casi tres décadas dedicada al reiki, fue el trabajo que hizo con sus herramientas espirituales las que la hicieron continuar de pie y esperanzada.

Este 2020 lo recordará como el año en el que no pudo estar en el cumpleaños de sus dos hijos. Sin embargo, ambos decidieron congelar un pedazo de sus tortas; esa misma porción que ella espera compartir junto a ellos en los próximos días.

“¿Qué me enseñó lo que viví? A reafirmar mi fe. A orar. A meditar. A entender que todo tiene su tiempo. Al final, he entendido que, en la medida de lo posible, uno tiene que aprender a adaptarse”.

Mercedes describe lo que fue un gran aprendizaje: “La vida siempre anda con o sin uno”. Su esposo sigue pendiente de una operación, pero está estable, y sus hijos lograron adaptarse a estos meses y salir adelante. Por su parte, como dice, solo le queda agradecer que están otra vez juntos.