Foto referencial. AP
Foto referencial. AP

Volver al país receptor de migración no es exclusivo de Colombia. Algunos venezolanos que abandonaron Perú, producto de los efectos colaterales de la pandemia de Covid-19, decidieron retornar porque no consiguieron estabilidad en otro nuevo destino.

Héctor Rivero, de 38 años y oriundo de Barquisimeto (Lara), emprendió su viaje de regreso a Venezuela el 25 de mayo. Lo hizo por diferentes compromisos, uno de ellos era revisar asuntos legales de una herencia familiar, que su hija se reencontrara con su madre y evaluar la posibilidad de reestablecerse en su tierra natal.

Él, junto a su hija de 15 años y su mascota, salieron caminando desde Chiclayo, al noreste de Perú. Describe que su viaje fue «poco traumático», en comparación con lo vivido por sus connacionales. “Tardamos día y medio en salir del Perú. Allí mismo en Chiclayo nos conseguimos un tráiler, que nos ofreció llevarnos hasta Lima y, al final, nos dejó en Sullana. Allí pasé la noche con mi hija en una estación de servicio y al día siguiente nos unimos a otros dos muchachos. Luego pasó un camión que trasladaba arroz que llegaba hasta Aguas Verdes”, relata. Su hija viajó dentro del camión, y ellos en la parte de atrás; él está agradecido por eso.

Rivero y sus compañeros de viaje no tuvieron problemas por el toque de queda, porque iban en un vehículo que trasladaba alimentos y esas unidades no tienen tantas restricciones para transitar. En la frontera tampoco hubo contratiempos. “Dios es muy grande y ese día la frontera, por la parte de Zarumilla (ciudad del departamento fronterizo de Tumbes) no estaban tan copada. No nos vimos en la necesidad de tener que pagar”.

Dos países y una lección

Según el caminante, recorrer dos países como Ecuador y Colombia sirvió para entender que no era momento de tomar el riesgo de empezar de cero. Al llegar a la ciudad ecuatoriana de Huaquillas había comenzado otra fase del periplo. Tras tomar un descanso, consiguieron quien los llevara hasta Quito, en un traslado de seis horas. Los dejaron en la turística zona conocida como «La Mitad del Mundo», al noroccidente de Quito, y de allí subieron a un refugio, al cual casi no ingresa Rivero y su hija porque no permitían el acceso a su mascota. “Fui porque una señora muy generosa. Me dijo que cuidaría de mi perra y así lo hizo. Cuando salí del refugio lo primero que hice fue buscarla”, describió.

Recordó la generosidad de los ecuatorianos en Guayllabamba, en una zona de puestos de comida rápida, donde ofrecieron alimentos y luego, en una camioneta en una Hilux, los ayudaron a llegar Ibarra, en un viaje de ocho horas. En el camino consiguieron a otra persona que ayudó a seguir la ruta. “Salió un señor y nos dio sombreros de fabricación artesanal. Nos dijo que, si nos portábamos bien, nos ayudaría. Y así lo hizo. Nos llevó a la casa de un trochero, que a su vez es un lugar que conecta Rumichaca con Ipiales». Al salir de aquel lugar estaban en un cementerio, y todo en tres días.

En Colombia, Rivero vivió lo que cientos de venezolanos padecen para llegar a Cúcuta. Tardó cuatro días en salir de Ipales, una ciudad colombiana fronteriza con Ecuador. Caminaron hasta la vía Circunvalación/Pasto y apareció un tráiler que accedió a llevarlos Cúcuta, pero se quedó en Bogotá por petición de su hija. “Papi, contigo voy adonde sea, pero no quiero padecer más. Fue muy agotador para mí. Lo único que deseo es volver a Venezuela, no quiero caminar’, fueron las palabras de mi pequeña de 15 y cómo decirle que no”, relata.

La adolescente se quedó con la mascota, en casa de una tía, en Colombia. “El perro es un ser tan noble. No tiene malicia, por eso todos los días le pregunto a mi hija por ella”.

El último intento

El dinero se acababa y la necesidad de generar ingresos apremiaba. En Colombia, Rivero intentó vender frutas con el protocolo sanitario correspondiente para evitar contagios del COVID-19, pero necesitaba un mínimo de legalidad migratoria: “sin papeles no trabajas”. Eso fue lo que aprendió y desde allí entendió que era mejor estar donde tuviera un mínimo de protección estatal.

El 22 de junio comenzó su periplo de regreso. Tardó dos semanas en regresar, entre colas y caminatas. En Perú, con todo y las limitaciones que deja la pandemia, volvió trabajar. Se gana la vida en el rubro de la construcción, pero si abren nuevas oportunidades, las tomará. Anteriormente había trabajado de chofer.

A Venezuela, ¡todavía no!

Rivero considera que las condiciones no están dadas y no solo por el coronavirus. Expresó que las posibilidades de salir adelante en el país son escasas y prefiere apostar por lo seguro. “Ahora mismo no se puede volver por la pandemia porque no hay ni entrada al país por el protocolo que se montaron en la frontera. Te encierran en un refugio y durante mes y medio en el que solo te ponen a pasar trabajo”, dijo.

Además, señaló que, por estos días, trabajar en Venezuela equivale a ganar un promedio de cinco dólares.