Caminantes venezolanos
Ginna y su pareja al principio de la caminata

«Mi pareja y yo nunca alcanzamos a tener un trabajo formal en Chile. Nos ganábamos la vida dentro la informalidad, pero aun así, podíamos subsistir con ciertas limitaciones». El relato que hace Ginna Arias, venezolana oriunda del Táchira, coincide con el de muchos otros venezolanos que se han dedicado a la economía informal. En octubre de 2019 fue cuando ese sector comenzó a verse afectado.

«El comercio, las ventas en las calles; todo se detuvo y quienes no estábamos económicamente estables, comenzamos a tambalearnos», agrega Ginna.

Ginna Arias y su pareja tenían un año y varios meses viviendo en la provincia de Iquique, una ciudad costera al norte de Chile. No era la primera vez que trabajaba fuera de su país. “Cuando estaba en Cúcuta, hace como 5 años atrás, me iba a vender frutas o chocolates a La Parada, Villas del Rosal y Lomitas de Trapiche. Sin embargo, la situación en Venezuela estaba complicándose y empezaron a migrar muchas personas. Trabajar allí ya no era rentable. Mientras vendía en esos lugares, a la par terminaba mis estudios de bachiller”, recuerda Arias.

Ginna ya conocía sobre la venta ambulante cuando llegó a Chile. «Ofrecía productos de temporada en una playa de Iquique y mi novia laboraba en un negocio de reparación y venta de celulares. Primero quedé desempleada yo y luego comenzaron las manifestaciones contra el presidente Piñera, fue cuando mi novia también quedó desempleada”.

Cuando Ginna ya estaba de vuelta a la playa para reiniciar sus labores en el comercio informal, con las ciertas restricciones que se impusieron debido a las manifestaciones, llegó la pandemia.

Decisiones: dejar Chile y pensar en la huida

Con el desempleo y la llegada de la pandemia sintieron que tenían todo en contra para seguir en Chile. Tomaron entonces una decisión: iniciar el retorno. Comenzaron la ruta el miércoles 13 de mayo y no el viernes 9 como habían planificado originalmente. Como remarca: «Ese fue el primero de una larga lista de contratiempos».

Mientras se acercaban a la frontera, se unieron a otros caminantes que también iban de regreso. «En Arica, los carabineros no nos querían dejar pasar. Nos dijeron que debíamos esperar el fin de la pandemia para pagar la multa por habernos pasado los días de plazo para estar en Chile. No nos quedaba de otra y decidimos cambiar de ruta. Llegamos a una parte que va a dar con Bolivia”.

Para poder salir Chile, pasaron durante la noche por un lugar que se conoce como «la montañita». Este es un camino de dunas donde las personas quedan fuera el radar de los cuerpos de seguridad que resguardan la frontera. Después atravesaron un río y se quedaron en un hotel.

A la mañana siguiente, un grupo de lugareños que notaron que se trataba de venezolanos que retornaban, les advirtió que no era conveniente caminar por los rieles ni por la playa, ya que había fuerte presencia de militares. La caminata que, según el relato de otros venezolanos que la han hecho, toma de 4 a 6 horas: el grupo que acompañaba a Ginna y a su novia la completó en 12.

«En el camino llorábamos mi novia y yo. Nos cuestionamos por la decisión tomada. Yo caí de rodillas, dije que no podía más, que no tenía más fuerzas y que no quería caminar. Era difícil, una cosa es contarla y otra es vivirla», explica Ginna.

Pasando «la montañita», un camino no vigilado por los cuerpos de seguridad de Chile y Perú.

Perú: el encuentro con la policía migratoria

Cuando parecía que habían quedado fuera del radar de la autoridades, se encontraron con funcionarios de la Policía Migratoria del Perú. Se trata de un cuerpo de seguridad activado por el Ministerio de Interior para controlar a los extranjeros que ingresan al país, la brigada especial contra la migración delictiva. Estos funcionarios, según cuenta Ginna, recibieron al grupo con disparos.

El encuentro del grupo con la brigada especial de la Policía Nacional del Perú

«Ya estábamos cansados. Las piernas se nos tambaleaban, teníamos hambre y sed, entonces llega una patrulla de la policía peruana. Se bajan del vehículo y de una vez comienzan con un rosario de groserías y nos decían que volviéramos a Chile. Después se puso peor, un funcionario sacó una pistola. Nunca se nos pasó por la mente que nos fueran a tratar tan mal. Me pegaron, tiraron las maletas y el policía soltó tres tiros sin importar la presencia de los niños».

No podían cruzar a Perú, pero tampoco querían volver por el camino andado. «Estábamos en la raya que divide a los países. Los peruanos decían que volviéramos, pero del lado de Chile nos decían que si seguíamos, también nos iban a disparar. Entonces decidimos no seguir y asumir el riesgo».

Para zanjar la situación, llegó un mayor de los carabineros de Chile y se bajó de un vehículo oficial. «El funcionario dejó claro a las autoridades peruanas que ahora éramos responsabilidad del Estado peruano, que tenían la obligación de  brindarnos protección. Las autoridades peruanas nos montaron en la patrulla y nos dejaron en un refugio donde estuvimos 10 días».

Ecuador: un emotivo reencuentro

El 28 de mayo pasaron la frontera y llegaron a Huaquillas. “Caminamos como cinco horas para cruzar a Ecuador. Pasamos el río, la platanera y ya cuando íbamos por el canal, me caí. Me mojé toda, pero me levanté y seguí”, describe Ginna.

Permanecieron 10 días en Ecuador. Allí Ginna tomó la decisión de pagar para que las llevaran, a ella y a su pareja, a Guayaquil: la esperaba su madre. «Me recibió con abrazos, comida, amor y un baño de agua caliente un plato de comida digno, un baño caliente. Teníamos más de dos años sin vernos. Pero me tocaba continuar con el viaje».

La frontera con Colombia, como relata, fue una experiencia difícil de olvidar para Ginna. “La tuvimos que pasar de noche, con un frío que te para el corazón. Nos guió un trochero y nos tardamos como tres o cuatro horas». Alcanzaron otro objetivo: llegaron a Ipiales.

Colombia: penurias y la llegada a Tienditas

El 9 de julio Ginna y su novia arribaron al último país que las separaba del suyo. Habían transcurrido dos meses desde el inicio del periplo y la llegada a Cúcuta no fue un tramo fácil. En Cali se hicieron parte de un grupo que venía de Ecuador y Perú, que también iban de regreso a Venezuela. En esa ciudad fueron víctimas de una estafa.

La empresa Expresos Bolivariano les ofreció una ruta que no pudieron completar y, luego de mucho de reclamar, les devolvieron el dinero con el que pudieron costear los gastos hasta La Parada.

Lo que vieron al llegar, les asustó: nulo distanciamiento social y riesgo de contagio de coronavirus. Ginna describe que todo era un negocio: alquiler de baños, venta de agua, alquiler de lugares para dormir y venta de brazaletes que habilitaban para cruzar la frontera. “Nos ofrecieron adelantarnos si pagábamos como 40 dólares; todo era un negocio».

La Parada, Colombia

Ginna y su novia decidieron no pasar por los caminos verdes: “Se escuchan tantas cosas que tuvimos miedo. Dicen que allí roban y matan, que pasa de todo… Por eso preferimos entrar de manera legal”.

Tras varios días en La Parada, cuando su turno para pasar estaba por llegar, ingresaron al campamento de Acnur en Tienditas. “El trato no era el mejor; al que se quejaba, lo sacaban”.

Número que le fue asignado a Ginna para cruzar el puente internacional Simón Bolívar, Cúcuta

Venezuela: Nicolás les da la bienvenida

El 4 de agosto, Ginna y su pareja cruzaron el Puente Internacional Simón Bolívar. “Tuvimos que esperar en una larga fila para hacernos la prueba rápida a la que, afortunadamente, dimos negativo”.

Ginna Arias y su pareja cumplieron cuarentena en una tienda de campaña instalada en San Antonio del Táchira. “Mi único deseo: llegar a mi hogar”.

Ginna quiere continuar su relato. Contar todo lo que vivió en el lugar que le asignaron para pasar la cuarentena, lo quiere hacer apenas esté en un lugar seguro: su casa.

Vehículo militar que trasladó a Ginna hasta el refugio en Táchira