«Esto ya se ha prolongado demasiado». El año 2020 se aproxima a su fin y Doris Domínguez continúa en España. Viajó a Barcelona el 9 de marzo. Lo hizo alegre, emocionada porque volvería a ver a su hijo y haría un poco de turismo. Pero sus planes cambiaron drásticamente: las medidas gubernamentales para frenar la pandemia de la COVID-19, tanto en Europa como en Venezuela, le han impedido movilizarse. A tal nivel que, incluso, ni siquiera ha podido regresar a su país. Como ella, son cientos los venezolanos varados.

Primero, solo días después de su llegada, el Gobierno español estableció un confinamiento que se extendería hasta el mes de junio; segundo, y casi al mismo tiempo, en Venezuela cerraban el espacio aéreo. A pesar de que contaba con pasaje para retornar el 7 de junio, no ha podido regresar. Está varada en España, separada de su esposo y de sus padres, quienes sufren patologías.

Doris debió regresar a Venezuela durante junio.

«Estar fuera de mi hogar, lejos de mi esposo y de mi familia, ha sido bastante difícil», relata. Su madre, de 82 años, ha tenido crisis hipertensivas que le provocaron un ACV, además de tener dificultades para caminar por una artritis en sus piernas; su padre, de 87 años, padece de una hernia. Doris es hija única y sus padres dependen completamente de ella. «Lo que más desean es que mi regreso sea pronto».

Cientos de varados se encuentran en situaciones similares. Viajaron a España por un tiempo y con un presupuesto ajustado, pero han tenido que extender su estadía obligatoriamente y no han contado con suficiente ayuda de las autoridades diplomáticas venezolanas. Si bien la gran mayoría tiene familiares que les brindan alojamiento y cubren los gastos, a otros les ha tocado pasar las noches en albergues municipales y pidiendo auxilio a distintas ONG para poder conseguir alimentos.

Esa es la situación de Rubén. Es chofer de camión en Venezuela y viajó a España para visitar a su hija, a quien no veía desde hace seis años, y a sus nietos, de dos años y de 10 meses. Permanece en Alicante, donde se suponía estaría por mes y medio. Actualmente, ya con su presupuesto mermado, ha recibido ayudas de Cáritas y la Cruz Roja, que le proporcionan alimentos mensualmente.

Toda su familia sigue en Venezuela. Sus padres, sus hermanos y hasta sus hijos, que dependen de él, lo esperan. «Por ser turista no tengo documentos legales para trabajar», explica. Sin ello, la opción de poder conseguir ingresos es sumamente complicada.

Toda su familia espera por el regreso de Rubén a Venezuela.

«Estamos desesperados por regresar ya», insiste Mirtha. Junto con su esposo, están viviendo en casa de su hija en Palma de Mallorca. Ya se quedaron sin recursos. Viajaron el 8 de febrero con una agenda clara: acudir al cumpleaños y bautizo de su nieto. Su estadía estaba pautada por 45 días, hasta el 25 de marzo; ya tiene siete meses en suelo español.

Varados
Mirtha y su esposo son comerciantes y su estadía en España sería por solo 45 días.

A Mirtha le llegó una buena noticia el 29 de octubre. «Me acaban de llamar para el vuelo. Lloro de la emoción», comentó en uno de los grupos de WhatsApp que comparte con otros cientos de turistas venezolanos. Se espera que para el próximo 6 de noviembre despegue un nuevo vuelo de repatriación, el cuarto desde el inicio de las restricciones en marzo, que lleve a los varados a sus hogares, de Madrid a Caracas.

Pero no todos los turistas venezolanos varados en Europa se encuentran en España. Entre Italia, Portugal, Francia, Reino Unido y hasta República Checa se concentran algunos que han visto cómo les posponen sus boletos o ven a las embajadas demorar sus posibilidades de tomar vuelos de repatriación. Hasta la fecha, en Europa, solo se han habilitado dos trayectos de ese estilo, exceptuando los tres que se han hecho desde Madrid: uno proveniente de Roma y otro de París.

Varados y sus vías alternas para retornar

Mientras Venezuela no abre sus fronteras aéreas y habilita pocos vuelos de repatriación, los varados intentan otras alternativas. El regreso por la frontera con Brasil o rutas por Colombia se han convertido en una opción para grupos que también tienen meses en espera de una autorización para retornar.

Cristofer* tomó una travesía. Partió por Madrid a México, de ahí a Bogotá, luego hasta Cúcuta en avión, para después trasladarse hasta la zona fronteriza y cruzar hacia Venezuela por los caminos no oficiales. En la frontera lo esperaba un señor a quien, luego de pagar una comisión, lo guió por la trocha y le llevó su equipaje hasta San Cristóbal. Finalmente, desde allí tomó un vehículo particular que lo condujo hasta Caracas. Todo el trayecto, asegura, le salió en un aproximado de 700 dólares.

Sin embargo, el trayecto tiene una implicación: no se registra una salida de suelo colombiano y, por lo tanto, no se sella el pasaporte. Por esa razón, quien decida tomar ese camino deberá regresar a Colombia en los próximos meses, entrar sin ser detectado por las mismas trochas, y salir por el trayecto oficial para poder conseguir el sello.

Otra ruta es el retorno a través de Brasil. El viaje suele iniciar con un boleto aéreo hacia Río de Janeiro o São Paulo, luego otros vuelos hacia Manaos, después a Boa Vista y, desde allí, un traslado en taxi hacia la frontera con Venezuela.

La travesía puede costar más de 1.000 dólares, según testimonios recolectados por Venezuela Migrante. Además, a menos que se pague comisiones extra a agencias de viajes o funcionarios, es obligatorio guardar cuarentena por un tiempo que suele extenderse hasta 15 días. Y, finalmente, pagar por un viaje desde Santa Elena de Uairén hasta Caracas.

Estudiantes que intentan regresar

Daniela llegó a España en 2018, tenía 17 años. Su meta era poder estudiar, cursar un máster que le facilitara estabilizar su situación económica en el país. Pero no pudo hacerlo; nunca logró pagarlo. En medio de esfuerzos infructuosos, decidió reservar pasajes para regresar en marzo de este año a Venezuela. Tampoco se pudo. También ocurrió lo mismo el 4 de junio, 4 de julio y hasta el 1 de septiembre. Todos los vuelos habían sido pospuestos.

Ha pasado noches pernoctando en las calles, pues está sola, sin recursos y la mayoría de sus familiares se desentendieron de ella, afirma. Por tiempos intercalados, a veces, pasa por el hogar de uno de sus amigos, cuyos padres le proveen alimentos y cobijo, pero no siempre. «Comía en su casa o, a veces, simplemente no comía», cuenta.

Ha estado en contacto con el consulado venezolano en Vigo y con la embajada para que le habiliten un cupo en los vuelos de repatriación, pero su caso lo han desestimado. Alegan que no se trata de una situación de «varado», a quienes dan prioridad en las selecciones.

«Hace ya un año que no tengo dinero para poder alimentarme bien, la última vez que comí un plato así (con proteínas, carbohidratos) fue como en septiembre de 2019», recuerda. Desde su llegada a España se ha desempeñado, en breves períodos, como tatuadora y teleoperadora. Con los recursos que obtuvo apenas podía pagarse el alquiler, en una habitación, y una dieta básica: de frutas y cereales.

«Decidí en enero que prefería regresarme (a Venezuela), estudiar, ahorrar con calma y volver a intentar migrar ya cuando tuviese preparación, ahorros y fuese un poco más mayor de edad. Así que reservé ese vuelo en marzo que inesperadamente se canceló».

Desde el cierre del espacio aéreo venezolano, el pasado mes de marzo, solo se han habilitado tres vuelos de repatriación para venezolanos desde Madrid. En su mayoría, han sido abordados por personas en condición de varados. No obstante, para lograrlo han debido hacer numerosas acciones de presión, como pernoctar por días en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas o solicitar ayuda presencialmente en las sedes diplomáticas.

*Personas que pidieron reservar su identidad